Siglo XIX

Dra. Mar�a Adelina Arredondo L�pez (UPN-Morelos)

 

Se conoce como "catecismo de Ripalda", al Catecismo y exposici�n breve de la doctrina cristiana, escrito por Jer�nimo Mart�nez de Ripalda con el objetivo de poner al alcance de los ni�os las bases de la doctrina cristiana.

Si tuviesen que jerarquizarse en orden de importancia los libros de texto utilizados en la historia de la educaci�n en M�xico, el catecismo del padre Ripalda tendr�a que ocupar el primer lugar. Este texto fue utilizado no s�lo para la ense�anza de la doctrina cristiana, sino tambi�n del espa�ol, el civismo y la lectura. Se hicieron traducciones cuando menos en n�huatl, otom�, tarasco, zapoteca y maya. En sus p�ginas lo mismo aprend�an normas generales de comportamiento social los ni�os de una escuela poblana del siglo XVIII, que se apropiaba de una concepci�n particular del mundo los estudiantes de un colegio michoacano a mediados del siglo XX.

Su autor, Jer�nimo Mart�nez de Ripalda, naci� en Teruel, en el reino de Arag�n en 1536. En 1551 ingres� a la Compa��a de Jes�s. Tuvo a su cargo las c�tedras de filosof�a y teolog�a y fue rector de la Universidad de Salamanca. Se distingui� como orador sagrado. En 1618 public� el Catecismo y exposici�n breve de la doctrina cristiana, sobre el que escribimos aqu�. Tambi�n se imprimi� su libro Suave coloquio del pecado con Dios. Muri� en Toledo en ese mismo a�o, a los 82 a�os de edad, sin que haya podido imaginar la gran difusi�n que tendr�a su catecismo m�s all� de los mares y a trav�s de los tiempos. [MCT 1]

En nuestro pa�s, desde la �poca colonial el catecismo de Ripalda fue utilizado para ense�ar la doctrina cristiana y las primeras letras tanto en castellano como en lenguas ind�genas. Al principio era tra�do desde Espa�a pero posteriormente, Pedro de la Rosa, un editor poblano, obtuvo del Rey el permiso para editarlo en la Nueva Espa�a, con el privilegio de tener la exclusividad para imprimirlo y venderlo. Fuera en Comit�n o en Santa Fe este librito impreso en Puebla de los �ngeles pasaba de mano en mano hasta deshojarse y perderse. Fueron decenas las ediciones de Pedro de la Rosa en miles de ejemplares. En el Fondo Lafragua de la Biblioteca Nacional, la m�s antigua de las ediciones poblanas disponibles a la fecha data de 1758 y se titula Catecismo y exposici�n breve de la doctrina cristiana con un tratado muy �til con que el christiano debe ocupar el tiempo y emplear el d�a. Pueden consultarse tambi�n las ediciones en castellano de 1784, 1810, adem�s de varias ediciones en n�huatl, otom� y tarasco. En la �poca independiente continu� edit�ndose en Puebla aunque ya no de manera exclusiva. [MCT 2] Ambrosio Nieto lo segu�a publicando y distribuyendo a todo el pa�s en 1940.

El concepto catecismo, proviene del lat�n catechismus, que significa instruir, que a su vez proviene del griego kateechismo, que puede traducirse como compendio sobre alguna rama del conocimiento y de katecheo, que de manera m�s especifica significa instruir a trav�s de un sistema de preguntas y respuestas. En su acepci�n castellana se aplica a un texto que en forma de preguntas y respuestas contiene la exposici�n sucinta sobre alg�n tema. Su presentaci�n en forma de di�logo entre el maestro y el alumno facilitaba la ense�anza y el aprendizaje. Su origen deriva del m�todo utilizado por los primeros cristianos para adoctrinar a los aspirantes a la nueva religi�n, a quienes llamaban catec�menos, que a trav�s del sistema de catecismo difund�an los principios de la nueva religi�n en peque�os grupos. Luego se fueron copiando los rudimentos de la doctrina en peque�os legajos, para transmitirse a distancia y en el tiempo. Estos escritos fueron desarroll�ndose conforme fue progresando el cristianismo, y una vez consolidado como religi�n dominante en Europa se fue diluyendo su uso.

La Reforma protestante rescat� este sistema de adoctrinamiento. El propio Mart�n Lutero public� en 1529 su Catecismo, que se difundi� ampliamente, y que fue modelo de varias sectas, con las modificaciones pertinentes. [MCT 3] El catecismo cat�lico, propiamente dicho, eman� del Concilio de Trento, celebrado durante varias sesiones entre 1545 y 1563. Este ha sido considerado el m�s importante concilio ecum�nico de la Iglesia Cat�lica. Como respuesta a la necesidad de contrarrestar la influencia del protestantismo, a trav�s de �l se replantearon y sistematizaron los principios del catolicismo. De ese Concilio surgi� una estrategia para la atracci�n de adeptos al catolicismo y la conservaci�n de los que ya lo eran a trav�s de un proyecto de evangelizaci�n mediante las �rdenes religiosas y el clero secular. Como parte de esa estrategia se public� un catecismo y un sumario de los art�culos de la fe cristiana, destinado al empleo por parte de los eclesi�sticos para explicar la doctrina. [MCT 4]

El Concilio de Trento sirvi� de base al jesuita Ripalda para elaborar su catecismo, dirigido especialmente a la infancia, con el prop�sito de ser utilizado a trav�s de un adoctrinamiento sistem�tico m�s factible en las instituciones escolares. De Espa�a se distribuy� a las colonias. El catecismo de Ripalda no era el �nico que se empleaba en las escuelas de nuestro pa�s. Tambi�n gozaron de mucha difusi�n el catecismo del abate Claude Fleury y el del padre Casta�o, y en menor medida el de Antonio N��ez de Miranda, el de Cayetano de San Juan Bautista y el de Ignacio Paredes, entre otros. [MCT 5] Sin embargo el de Ripalda fue el catecismo m�s accesible. En ocasiones no se utilizaba otro simplemente porque no lo hab�a. As�, por ejemplo, el maestro de la escuela municipal de la ciudad de Chihuahua, Jos� de Nava, quien recib�a los �tiles para los ni�os por parte del ayuntamiento, solicit� en 1807 otro libro para ense�ar la doctrina con m�s extensi�n que el de Ripalda. Se le respondi� que no era posible conseguir otro, pero se le recomend� que con arreglo al que ten�a procurara que no aprendieran los ni�os de memoria, sino que les diese explicaciones m�s amplias, que confiriesen mayor sentido al texto. [MCT 6]

El catecismo, en tanto exposici�n en di�logo con fines did�cticos, no fue exclusivo de la ense�anza de la doctrina cristiana. Con el esp�ritu humanista del siglo XVIII y las reformas introducidas por la Ilustraci�n se publicaron catecismos de civismo, urbanidad, ciencias naturales, historia y para el aprendizaje de artes y oficios.

En la escuela tradicional el catecismo de la doctrina cristiana era el n�cleo de la ense�anza y en las escuelas m�s pobres era lo �nico que se ense�aba. Puesto que se conceb�a a la naturaleza, al mundo y al hombre girando en torno a Dios y el fin �ltimo del conocimiento era acercarse a Dios a trav�s de la comprensi�n de sus designios para el hombre, todo lo dem�s era estudiado s�lo como medio para ese fin. Por tanto se consideraba que hab�a que ense�ar a leer a los ni�os para que pudieran aprender la doctrina cristiana y conociendo mejor sus postulados pudiesen llegar a obtener la gracia divina, que era el objetivo de la vida en la tierra. Sin embargo, m�s all� de los prop�sitos expresos se obten�an otros, pues a trav�s de las normas de la cristiandad, los ni�os aprend�an no s�lo una concepci�n del mundo, sino una manera de relacionarse con los iguales, con la autoridad, con los subalternos, con la sociedad en su conjunto, ubic�ndose ellos mismos en el universo social y con relaci�n a los elementos circundantes. El ni�o lograba as� adquirir una identidad propia y asimilar las normas del comportamiento de la sociedad colonial, aceptando su papel dentro de una jerarqu�a sumamente r�gida.

Conforme el humanismo fue difundi�ndose y la modernidad se introdujo tambi�n al catolicismo, los conocimientos �tiles para la vida adquirieron mayor relevancia dentro del curr�culum escolar. Junto a la doctrina cristiana, la lectura, la escritura y la aritm�tica fueron contenidos generalizados como obligatorios por las reformas borb�nicas. Poco a poco, de ser el aprendizaje de la lectura un medio para aprender la doctrina cristiana, el catecismo fue transform�ndose en un medio para aprender a leer. Conforme a las corrientes de ideas que se expandieron en Ibero Am�rica con el siglo XIX, las Cortes de C�diz y posteriormente algunas de las primeras constituciones de los estados independientes de M�xico, a�adieron como contenidos de las escuelas de primeras letras el estudio de los derechos y deberes del hombre en sociedad.

Despu�s de la independencia el m�todo lancasteriano fue predominando en M�xico. Con su distribuci�n exacta del tiempo escolar, y definiendo como contenidos fundamentales la lectura, la escritura y la aritm�tica, apenas si dejaba tiempo para el aprendizaje de la doctrina cristiana dentro del horario de clases. Con espacios y tiempos disponibles al m�nimo era m�s necesario contar con un texto sencillo y directo para la ense�anza de la doctrina, situaci�n que condujo a que el catecismo de Ripalda adquiriese mayor relevancia. Adem�s, conten�a impl�cita una finalidad pol�tica fundamental, pues por una parte la lealtad a Dios y a la autoridad se traduc�a en la pr�ctica en lealtad a los gobernantes del naciente Estado mexicano y por otra parte, se reproduc�a el catolicismo como �nico lazo de identidad que un�a a los mexicanos tan dispersos social y geogr�ficamente y tan diversos culturalmente, con lo que se proteg�a la integraci�n nacional.

En las primeras d�cadas del M�xico independiente las escuelas p�blicas sostenidas por los municipios y los gobiernos de las entidades se multiplicaron. En la mayor�a de ellas se utilizaba como texto el catecismo de Ripalda. En 1845 un autor an�nimo escrib�a sobre �l: "Este catecismo, por bueno y claro que sea, se resiente de cierta escasez de ideas, y en algunos puntos nos parece sobradamente diminuto... es cosa sensible que no se den esplicaciones (sic) m�s amplias y claras de las que se hallan en Ripalda". Y m�s adelante a�ad�a que el catecismo de Fleury "nos parece digno del erudito y virtuoso autor de la Historia eclesi�stica". [MCT 7]

En 1853 el presidente Lombardini en las "Reglas que deben observarse en el ramo de la instrucci�n primaria" decret� que deb�a ense�arse en las escuelas "el catecismo de Ripalda, Fleury y obligaciones del hombre por Escoiquiz". [MCT 8] Un a�o despu�s el presidente Santa Anna dispuso que "en todas las escuelas de la Rep�blica se ense�e la Doctrina Cristiana por el catecismo del Padre Ripalda aprobado por el Excmo. e Illmo. Sr. Arzobispo de M�xico seg�n su decreto de 13 de enero de 1852". [MCT 9] Estas medidas buscaban tambi�n fortalecer la religi�n cat�lica como sustento de la nacionalidad, frente a la influencia de la cultura anglosajona y el protestantismo, sobre todo despu�s de la reciente invasi�n norteamericana y la amputaci�n de m�s de la mitad del territorio mexicano.

Los cambios pol�ticos desencadenados con la revoluci�n de Ayutla se manifestaron en la cuesti�n educativa. En la Ley General de Instrucci�n P�blica para el Distrito Federal y Territorios de 1861 ya no se mencion� al catecismo religioso como parte de los contenidos obligatorios. Ignacio Manuel Altamirano, entre otros, critic� duramente el catecismo de Ripalda como libro de texto. En su defensa Rafael G�mez public� un libro en 1871. [MCT 10] Para entonces M�xico hab�a cumplido cuatro d�cadas como estado independiente. Un nacionalismo laico iba desplazando al sentimiento religioso como ideolog�a integradora. Los liberales m�s ortodoxos abogaron por la ense�anza libre, pero al percatarse de que en la realidad la libertad educativa franqueaba el paso a las instituciones religiosas, contribuyendo al fortalecimiento pol�tico de la Iglesia, el ideal de la libertad de ense�anza fue sustituy�ndose por el de la educaci�n laica. En las escuelas del �ltimo tercio del siglo XIX, junto con la difusi�n de la ense�anza libre, el catecismo de la doctrina cristiana fue poco a poco sustituy�ndose por catecismos o cartillas de moral como el de Nicol�s Pizarro Su�rez (criticado por cat�licos tradicionales y por positivistas), la cartilla de moral de la Compa��a Lancasteriana, el catecismo de Luis Felipe Mantilla y el de Mariano Galv�n Rivera, entre otros. [MCT 11]

El uso del catecismo de Ripalda fue limit�ndose cada vez m�s al adoctrinamiento cristiano en las iglesias y escuelas confesionales. Si bien hay testimonios de que todav�a hace pocas d�cadas algunos maestros rurales lo segu�an utilizando en las escuelas p�blicas para promover su concepto de moral entre los ni�os.

�Cu�l es el contenido de este catecismo? El ejemplar de 1810 es un librito de 220 p�ginas y de unos 12.5 cent�metros de alto. Est� impreso en letra muy grande, 24 puntos y "negrita". Caben apenas 14 renglones en cada p�gina y 23 caracteres por l�nea. En consecuencia, es un texto atractivo, accesible, f�cil de manejar y leer por los peque�os, quienes pueden avanzar r�pidamente a trav�s de sus p�ginas por lo grande y espaciado de la letra. Lo primero que se aprecia al abrir el libro, formando una cuadr�cula de tres por cuatro, son las im�genes de los doce ap�stoles. En la contratapa hay una ilustraci�n que representa a Jes�s rodeado de ni�os al pie de unas palmeras. A lo lejos se vislumbra el templo de Jerusal�n y escrito al calce: "Dejad que los ni�os se acerquen a m�". En la primera p�gina se se�ala el privilegio concedido por el rey a la editorial de imprimir catecismos, libros y cuadernos de estudios menores, con derecho de exclusividad para venderlos e imprimirlos en la Nueva Espa�a.

El libro est� compuesto de tres partes. La primera est� integrada por una especie de anexos para consulta. La segunda parte por las oraciones b�sicas y los principios doctrinarios y la tercera constituye el catecismo propiamente dicho, es decir el conjunto de preguntas y respuestas que tiene por objeto la presentaci�n de las oraciones y bases de la doctrina de una manera did�ctica.

Comienza con las "advertencias", una larga lista de las fechas de fiestas para los indios, una tabla para calcular las fiestas que son m�viles; despu�s el Santoral, en varias p�ginas, con los nombres de los santos que deber�n venerarse cada d�a del a�o; esto es, una versi�n de los "a�alejos". Enseguida, se anota la "Oraci�n del Santo del D�a", con un espacio en blanco para incluir el o los nombres que correspondan a cada fecha, y la "Salutaci�n" para empezar la jornada. [MCT 12]

La segunda parte del libro se inicia con una nueva paginaci�n y con el t�tulo "El Texto de la Doctrina Christiana". Las dos primeras p�ginas se destinan a justificar y ense�ar la Se�al de la Cruz. Enseguida se presentan el Padre Nuestro, el Ave Mar�a, el Credo, la Salve, los Diez Mandamientos de la ley de Dios, los cinco de la Santa Madre Iglesia, los Siete Sacramentos, los 14 Art�culos de Fe, las Obras de Misericordia, los Pecados Capitales, las Virtudes, los peligros y las potencias del alma, los sentidos, los dones y los frutos del Esp�ritu Santo y las Bienaventuranzas. Finalmente viene la lista de actos con que se perdona el pecado venial, las postrimer�as del hombre (muerte, juicio, infierno y gloria) y La Confesi�n o "Yo pecador". Todas estas oraciones se deb�an aprender paulatinamente dentro de un contexto explicativo para cada una, a trav�s del catecismo propiamente dicho que constituye la tercera parte del texto.

Las preguntas iniciales guardan la intenci�n de ubicar al ni�o en el universo cristiano, lo que lo identificar�a desde el principio con los contenidos que se estudiar�an posteriormente. El primer tema abordado se titula "Del nombre y se�al del cristiano" y comienza:

Pregunta.- Decid ni�o: �C�mo os llam�is?.
Responder� su nombre.
Encomiendese el tener cada uno devoci�n con el Santo de su nombre.
Pregunta: �Sois christiano?
Respuesta.- Si, por la gracia de Nuestro se�or Jesucristo.
Pregunta.- �Qu� quiere decir christiano?
Respuesta.- Hombre que tiene la fe de Christo, que profes� en el Bautismo.

Despu�s de precisar los conceptos de Cristo, Dios y doctrina, anticipa los contenidos generales del catecismo:

Pregunta: �Cu�les son?

Respuesta.- El credo, mandamientos, oraciones y sacramentos....

El sentido fundamental del pensamiento de la �poca se resume en las siguientes cuestiones:
Pregunta.- �A que est� obligado el hombre primeramente?
Respuesta: A buscar el �ltimo fin para que fue creado.
Pregunta: �Para que fin fue creado el hombre?
Respuesta: Para amar y servir a Dios en esta vida y gozarle en la otra.
Pregunta.- �Con qu� obras se sirve a Dios principalmente?
Respuesta.- Con obras de fe, esperanza y caridad.
Pregunta.- �Qu� nos ense�a la fe?
Respuesta.- Que creamos en Dios como infalible verdad.
Pregunta.- �La esperanza que ense�a?
Respuesta.- Que esperemos en Dios como en poder infinito.
Pregunta.- �Qu� ense�a la caridad?
Respuesta.- Que le amemos sobre todo como a Bien Sumo.

A trav�s del sistema de di�logo se buscaba que el ni�o fuese aprendiendo los rezos escritos en la segunda parte del libro, pero partiendo de un razonamiento, de una explicaci�n del sentido de cada oraci�n y de cada una de sus frases. Se hacen preguntas referidas a la oraci�n correspondiente y luego se deja el espacio para que el ni�o la repita de memoria. Aqu� posiblemente los preceptores pod�an sujetarse a dos m�todos: seguir el catecismo desde sus primeras p�ginas, y hacer aprender al ni�o primero las oraciones sueltas y luego la parte de preguntas y respuestas, lo que hubiese sido �rido, y tedioso; o bien iniciar el estudio del catecismo desde la tercera parte del libro, con las preguntas y respuestas e ir memorizando cada oraci�n en su contexto. Esto �ltimo hac�a del adoctrinamiento un proceso razonado, interesante, fruct�fero, donde la reflexi�n y el an�lisis pod�an estar presentes, si se contaba con un buen instructor, siempre y cuando ese razonamiento no rebasase los dogmas establecidos y que esa reflexi�n se limitase a relacionar la palabra escrita con el sujeto cognoscente, su concepto de s� mismo, el afianzamiento de sus valores, sus vivencias cotidianas y a guiar sus objetivos en la vida conforme al dictado de la autoridad.

Por ejemplo, al estudiar el Credo, se dec�a que hab�a sido compuesto por los ap�stoles para confesar y confirmar la fe y se planteaban cuestionamientos sobre los temas que aborda la oraci�n. Antes de que el ni�o recitase que Cristo "descendi� a los infiernos", ya se hab�a enterado qu� se entend�a como tales:

Pregunta.- �Qu� entend�is vos por los infiernos?
Respuesta.- Quatro senos o lugares de las �nimas.
Pregunta.- �Quales son?
Respuesta.- El primero es el limbo de los ni�os que mueren sin bautismo. El segundo es el Purgatorio de los que mueren en gracia, debiendo por sus pecados alguna pena, la qual alli satisfacen, y luego va al Cielo. El Tercero es el Infierno de los que mueren en pecado mortal. y alli son atormentados con fuego y penas eternas. El quarto donde estaban como depositadas las Animas de los Santos Padres, hasta que nuestro Se�or Jesuchristo bax� a sacarlos para el Cielo.

El ni�o interiorizaba la noci�n del castigo y se iba adaptando a las normas sociales de su �poca. Por una parte se iba construyendo una c�rcel del esp�ritu, asentando las condiciones para una severa auto represi�n en funci�n de los valores promovidos o condenados. Pero por otra parte se reafirmaba la identidad del ni�o con su �poca. Pod�a adquirir seguridad en s� mismo, pues se le hac�a ver que de su comportamiento depend�a su vida futura y ante los peligros del mundo, siempre llevaba consigo una protecci�n infalible, la se�al de la Cruz, que serv�a "para defenderse de los enemigos".

As� pues, por medio del catecismo los ni�os pod�an apropiarse de una concepci�n del mundo, de la vida, y de lo que deb�a ser la misi�n del hombre sobre la tierra. Adquir�a los valores aceptados y reproducidos por su sociedad y aprend�a a relacionarse con los otros y con el medio. Y no s�lo adquir�an conciencia de sus deberes sino tambi�n de sus derechos en este mundo:

Pregunta.- Sobre el Segundo Mandamiento os pregunto: �Quien es el que jura en vano?
Respuesta.- El que jura sin verdad, sin justicia, � necesidad....
Pegunta.- Sobre el Quarto Mandamiento os pregunto: �Quien es el que honra a sus padres?
Respuesta.- El que los obedece, socorre y reverencia.
Pregunta- �Que deben los Padres naturales con sus hijos?
Respuesta- Sustentarlos, doctrinarlos, y darles estado no contrario a su voluntad.

Se ense�aban a respetar las jerarqu�as y diferencias de clases:

Pregunta.- �Quienes otros son entendidos por padres a m�s de los naturales?
Respuesta.- Los mayores en edad, saber y gobierno.
Pregunta.- �Los casados con sus mujeres como deben haberse?
Respuesta.- Amorosa y cuerdamente, como Christo con la Iglesia.
Pregunta.- �Y las mugeres con sus maridos como?
Respuesta.- Con amor y reverencia como la Iglesia con Christo.
Pregunta.- �Y los amos con los criados como?
Respuesta.- Como con los hijos de Dios.
Pregunta.- �Y los criados con los amos como?
Respuesta.- Como quien sirve a Dios en ellos.

El trato con los otros se conceb�a no s�lo como acci�n positiva hacia los dem�s sino que tambi�n pod�a condenarse un acto de omisi�n:

Pregunta.- Sobre el Quinto Mandamiento os pregunto: �que veda mas que el no matar?
Respuesta.- No hacer � nadie mal en hecho, ni en dicho, ni aun en deseo.
Pregunta.- �Quien peca contra eso?
Respuesta.- El que hiere, amenaza, injuria, o a su ofensor no perdona.
Pregunta.- �Hay, ademas, otras maneras de matar?
Respuesta.- Si hay. Escandalizando o no ayudando al gravemente necesitado.

No pod�a explicarse a los jovencitos el significado del sexto mandamiento, "no fornicar�s", pero se le adecuaba a las posibilidades del ni�o, aclar�ndoles que tener "malos pensamientos" no era pecado en s�, a menos que no fuesen desechados:

Pregunta.- Sobre el Sexto Mandamiento os pregunto: �Quien es el que le guarda enteramente?
Respuesta.- El que es casto en palabras, obras y pensamientos.
Pregunta.- �Pues quien es el que peca en los malos pensamientos?
Respuesta.- Quien propone cumplirlos, � de su voluntad se deleyta con ellos...

As�, de esta forma, atendiendo primero a conceptos explicativos y recitando despu�s las oraciones textuales, d�a tras d�a los alumnos deb�an estudiar los mandamientos, los sacramentos, las obras de misericordia, los conceptos de pecado original, venial y mortal, las virtudes teologales y cardinales, las potencias del alma, los sentidos, los dones y los frutos del Esp�ritu Santo, y las bienaventuranzas. Siguiendo a San Pablo, los escolares comprend�an tambi�n conceptos que podr�an servirles en una praxis pol�tica potencial:

Pregunta.- �Quienes son los que padecen por la justicia y virtud?
Respuesta.- Los que est�n firmes en ella aunque por esto sean perseguidos.

Para entonces los ni�os ya se encontraban leyendo la p�gina 146. Aprend�an como hacer un examen de conciencia antes de acostarse, es decir, una reflexi�n sobre su actividad cotidiana y lo que deb�an rezar antes de dormir y al levantarse.

En las �ltimas p�ginas se explica el modo de ayudar a Misa seg�n el ritual romano, y se incluye la Misa y la letan�a en lat�n. El texto finaliza con una Salutaci�n y la Oraci�n al Santo Sudario.

Al concluir el estudio del catecismo, toda una concepci�n del mundo y de las relaciones humanas se hab�a transmitido a las nuevas generaciones. Si lograban apropiarse de su contenido, tratar�an de visitar al enfermo, dar de comer al hambriento, de beber al sediento, de vestir al desnudo, brindar posada al peregrino, redimir al cautivo y enterrar a los muertos. En su vida cotidiana buscar�an ense�ar al que no supiese, aconsejar al que lo necesitase, corregir al que errase, perdonar las injurias, consolar al triste, sufrir con paciencia las flaquezas del pr�jimo, rogar a Dios por vivos y muertos. Si no llegaban a aplicar estas obras de misericordia es posible que por lo menos sentir�an respeto y consideraci�n por quien si lo hiciese y se asumiera de todas formas una actitud moral por acci�n o por reacci�n, que de todas maneras contribu�a a reproducir socialmente este sistema de pensamiento.

Los ni�os que hubiesen comprendido la doctrina tratar�an de evitar los pecados capitales de soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza. Y si no los evitaban, se quedar�an con sentimientos de culpa por ello. Tendr�an que cultivar las siete virtudes contra esos pecados: humildad, largueza, castidad, paciencia, templanza, caridad y diligencia; adem�s de las virtudes cardinales de prudencia, justicia y fortaleza.

El joven que deseara superarse tendr�a que desarrollar las tres potencias del alma; esto es memoria, entendimiento y voluntad, y hacerse merecedor de los siete dones del Esp�ritu Santo: sabidur�a, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad, temor de Dios. Si respond�a al ideal cristiano podr�a llegar a alcanzar los doce frutos del Esp�ritu Santo; estos son, caridad, gozo espiritual, paz, paciencia, liberalidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia y castidad. En una palabra, se estaba cultivando la formaci�n del car�cter, tan recomendada por los cl�sicos de la Antig�edad.

He aqu� en s�ntesis el ideal humano hacia el que se quer�a conducir a los estudiantes. En este librito se resumen el conjunto de valores que se estaban promoviendo de manera expresa. A los ojos de los funcionarios estatales encargados de fomentar la instrucci�n p�blica �c�mo no se iba a difundir este concepto �tico? �C�mo no hacer obligatorio este compendio de moral en bien de la sociedad? Dentro de esta perspectiva se explica la aceptaci�n de este texto tanto por parte de los pensadores tradicionales como de los ilustrados; y su vigencia igual en las escuelas parroquiales del siglo XVIII que en las lancasterianas, s�mbolo de la modernizaci�n educativa del siglo XIX.

Si bien el catecismo de Ripalda se public� originalmente en una �poca en que se conceb�a a Dios como el centro y el objetivo del conocimiento, su utilidad trascendi� a otro momento en que se hab�a rebasado esa idea para adoptar el humanismo. Y fue tra�do a la Nueva Espa�a primero y llevado a los lugares m�s remotos de la Rep�blica mexicana despu�s, con la finalidad de conducir al ni�o "salvaje", desde una forma de vida propia de una sociedad rural dispersa, hacia la que facilitase el desarrollo de una sociedad industrial, urbana. M�s all� de su contenido expreso y de los imperativos categ�ricos o valores universales, subyac�a tambi�n en el catecismo la �tica de la propiedad privada, del respeto incuestionable a la autoridad, a las jerarqu�as; la exaltaci�n del individualismo, del m�rito al esfuerzo personal que a fin de cuentas justificaba la concentraci�n de la riqueza; las premisas para la reproducci�n de una existencia cotidiana recta, reprimida y ajena. Esta es la otra cara que explica tambi�n la trascendencia hist�rica del Catecismo de Ripalda.

 


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